No quiero empezar una relación nueva. No quiero el filo, la ansiedad de esperar respuestas, la prueba de química, la inseguridad. Me siento cansado de verdad, como si la paciencia ya no alcanzara para sostener el ritual del cortejo moderno. Y mientras escribo, me doy cuenta de que estoy dejando caer palabras sin orden, como si la coherencia fuera un lujo que hoy no puedo pagar.
También estoy cansado del auto. Una vieja Coupé Taunus llena de mañas, siempre a punto de romper algo, siempre reclamando dinero, atención, tiempo. Mantenerlo me cuesta $180.000 por mes, desglosados así:
$70.000 de cochera,
$70.000 de seguro,
- $40.000 de GNC,sin contar los gastos de mantenimiento, que son prácticamente mensuales y siempre costosos.
- Siento que debería donarlo, incluso ahora que ha aprobado la ITV porque está en óptimas condiciones para ser regalada como cuando se da ropa a un pobre, lo correcto es que se la entregue en buen estado. Donarla a alguien que la ame de verdad, y si puede ser alguien que sepa arreglarla con sus propias manos, mucho mejor y yo liberarme de ese drenaje constante. Quizás la enseñanza de esta pena sea justamente esa: soltarla a la Taunus. Dejar de sostener lo que ya no me sostiene. Ahorrar. Tener holganza. Respirar. Porque si hago esta movida, podría ahorrar entre $100.000 y $480.000 por mes, según cómo se acomode mi vida sin ese peso.
- Hoy es el día en que Lucía está agradeciendo por la Familia y por nuestras intenciones en el Cristo Redentor de Río de Janeiro, justamente el Cristo propio de la Orden de la Merced y creo que esta gran liberación o merced me viene haciendo falta desde hace muchísimo tiempo y una vez más pienso en entregarla sanita como está ahora como mayor gesto de amor de mi parte para quién decida continuar con el Proyecto de Restauración.
En medio de todo, aparece una chispa: Rosana dijo que le parecí fachero. Una tontería luminosa en un día opaco. Me reí.
Me di la ducha fría, como ofrenda a Dios, pidiéndole que me regale la mujer que Él haya elegido para mí, aunque yo tenga que aceptarla con mi voluntad libre. Y creo que es esta amiga médica. Lo presiento fuerte. Me gustaría preguntarle, cuando salgamos, qué le parecería si dono el auto y empezamos a movernos en el suyo o en ómnibus. No por comodidad, sino por coherencia con esta enseñanza que se repite: soltar lo que pesa, dejar de financiar lo que ya no me representa, abrir espacio para otra vida posible.
Quizás esta pena sea eso: una señal de que algo debe terminar para que algo pueda empezar.

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