Hoy el día vino extraño.
Mis penas suelen aparecer temprano, mezcladas con el efecto químico de la farmacoterapia, como un murmullo que acompaña la mañana y después se disipa.
Pero ahora son las 18:46 y la pena sigue acá, firme, como si hubiera decidido quedarse a observarme.
Intenté descifrarla.
La mente —esa máquina que nunca descansa— me dictó una palabra: vacío.
Creí haberlo superado hace años, en la vida ermitaña, en la construcción paciente de un hombre entero, centrado, completo.
Pero la mente insistió y agregó tres palabras más: vacío de bolsillo.
Ahí empezó a aclararse el paisaje.
El alma está plena, eso no lo discuto.
Pero la billetera virtual vive en modo supervivencia:
los mismos veinte mil para recreación, los mismos veinte mil para comida, semana tras semana.
Y la dieta austera que ya es casi un hábito:
tubérculos hervidos, huevos duros, alguna fruta si aparece, fideos con crema y queso, legumbres, arroz blanco cuando toca.
Una economía de subsistencia que se volvió rutina.
Mi bolsillo está flaco desde hace mucho.
Y esa flacura hoy se volvió pena.
La frase que la resume es simple y certera:
estoy tenso por la idea de ir a un bar con mi amiga médica, porque voy a estar tan ajustado que tendré que inventar maneras de sostener el caballero que siempre me gustó ser.
Hasta acá, la pena.
Pero un meditador no se queda en la superficie: escucha lo que la pena quiere enseñar.
La lección que trae esta pena
La pena me está diciendo que llegó el momento de aprender una lección importante después de tantos meses de supervivencia en dos rubros: recreación y comida.
Hace más de seis meses que no veo a Analía.
Durante ese tiempo, mis prioridades cambiaron por completo.
Invertí fuerte en la restauración de la coupé para que aprobara la ITV.
Lo logramos el viernes pasado.
Esa prioridad ya puede ser descartada.
También cargué con las inversiones del interiorismo, una obra que duró nueve años —o diez, si cuento el aire acondicionado y su instalación de este año.
Esos gastos también deben despejarse.
Hubo además los gastos eventuales:
el arreglo fallido del inodoro que tendré que rehacer,
los trabajos del electricista,
el termotanque nuevo con su instalación.
Todo eso lo afronté al contado, como vivo desde que alcancé la libertad financiera.
Y me enorgullece.
Pero la consecuencia es clara:
hace meses que no subo las partidas de recreación y comida.
Y esta pena me está diciendo que ya es imperioso hacerlo.
La enseñanza meditativa
Un meditador, ante este alumbramiento, hace tres cosas:
- Reconoce la verdad sin dramatizarla.La pena no es un enemigo: es un indicador.Señala que la etapa de inversión terminó.
- Agradece la función de la pena.La pena aparece para avisar que la vida austera cumplió su ciclo.Que ya no es necesaria como antes.Que ahora toca otra cosa.
- Reordena las prioridades con suavidad.Para agosto, la prioridad número uno será aumentar las partidas de recreación y comida.No por capricho, sino porque esta etapa de la vida pide holganza y vida amena,no más obras, no más deudas, no más supervivencia.
La pena del bolsillo flaco no vino a castigar.
Vino a enseñar.
Y la enseñanza es simple:
es tiempo de vivir.

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