martes, 14 de julio de 2026

Cuando la materia era mi territorio


Durante años, la materia fue mi escenario natural. No la buscaba: simplemente respondía. Tenía una capacidad innata para materializar lo que imaginaba.

Proyectos, viajes, estudios, hogares.

Humanismo, Procuraduría, Abogacía, Coaching
Kilómetros y kilómetros por Argentina.
Diez países de Sudamérica y el Caribe.

La vida me hablaba en hechos. Yo contestaba en movimiento.

🏡 La expansión: el mundo en mis manos

Hubo una etapa en la que la materia parecía seguirme el ritmo. Todo crecía, todo se abría:

  • 1,5 hectárea de campo

  • Media hectárea con arroyo y bosque

  • Un auto 0 km

  • Una 4x4 japonesa

  • Varios autos clásicos y otros modernos a lo largo del tiempo

  • Un departamento de un dormitorio con patio que me construyó la firma de mi hermano primogénito, padrino y hoy difunto, Juan Arturo. Su firma: Impianti Srl.

Ese patio era más que ladrillos: era un gesto de amor fraternal, un sello familiar, un espacio donde la vida se aquietaba.

🌑 La caída: la noche que no avisa

Pero la materia también enseña.
Y cuando enseña, enseña con crudeza.

La quiebra llegó como una noche larga, sin bordes. Una prueba espiritual profunda. Perdí todo. Todo.

Y en ese vacío, inesperadamente, encontré algo que nunca había buscado:
mi centro.

No fue iluminación. Fue desnudez. Fue estar ahí, sin nada, y aun así seguir siendo yo.

🌤️ Reconstrucción: la versión más liviana de mí

Desde ese silencio me levanté distinto.
No para recuperar lo perdido, sino para redefinir lo esencial.

Volví a empezar:

  • Compramos con la herencia de nuestros padres un nuevo departamento en condominio 50 y 50 con mi hermana Alejandra, un nuevo departamento de un dormitorio del cual soy usufructuario vitalicio, lo que en los hechos me convierte prácticamente en propietario.

  • Armé mi hogar con muebles nuevos por medio de una larga obra de interiorismo que duro 9 años.

  • Elegí un minimalismo consciente, casi ritual, bien filosófico.

  • Y seguí adelante con mi coupé Taunus, que ya no es símbolo de poder, sino de perseverancia, fe, esperanza, continuidad, memoria, camino y por encima de todo: mucho capital invertido en esta laborterapia de su restauración.

La Taunus hoy es un hilo que une mis etapas. Un testigo silencioso.

🔥 Vulnerables Fuertes

Mi historia es un arco espiritual:
expansión, caída, silencio, reconstrucción.

No soy el que acumuló.
No soy el que perdió.
Soy el que siguió.

Y sigo en camino, más liviano, más claro, más yo.

🌌 Epílogo: la materia y el signo

El año pasado descubrí qué significaba tener Saturno en Tauro y en casa Tauro.
Y entendí que toda mi historia —la expansión, la pérdida, el silencio y la reconstrucción— era la forma en que el tiempo me enseñaba a darle estructura a lo tangible sin perder el alma.
Que mi aprendizaje no era acumular, sino habitar la materia con conciencia.
Desde entonces, cada objeto, cada espacio, cada gesto tiene el peso justo: el de lo necesario, el de lo verdadero.



🌑 Pena del bolsillo flaco y la lección del meditador


Hoy el día vino extraño.
Mis penas suelen aparecer temprano, mezcladas con el efecto químico de la farmacoterapia, como un murmullo que acompaña la mañana y después se disipa.
Pero ahora son las 18:46 y la pena sigue acá, firme, como si hubiera decidido quedarse a observarme.

Intenté descifrarla.
La mente —esa máquina que nunca descansa— me dictó una palabra: vacío.
Creí haberlo superado hace años, en la vida ermitaña, en la construcción paciente de un hombre entero, centrado, completo.
Pero la mente insistió y agregó tres palabras más: vacío de bolsillo.
Ahí empezó a aclararse el paisaje.

El alma está plena, eso no lo discuto.
Pero la billetera virtual vive en modo supervivencia:
los mismos veinte mil para recreación, los mismos veinte mil para comida, semana tras semana.
Y la dieta austera que ya es casi un hábito:
tubérculos hervidos, huevos duros, alguna fruta si aparece, fideos con crema y queso, legumbres, arroz blanco cuando toca.
Una economía de subsistencia que se volvió rutina.

Mi bolsillo está flaco desde hace mucho.
Y esa flacura hoy se volvió pena.

La frase que la resume es simple y certera:
estoy tenso por la idea de ir a un bar con mi amiga médica, porque voy a estar tan ajustado que tendré que inventar maneras de sostener el caballero que siempre me gustó ser.

Hasta acá, la pena.
Pero un meditador no se queda en la superficie: escucha lo que la pena quiere enseñar.

La lección que trae esta pena

La pena me está diciendo que llegó el momento de aprender una lección importante después de tantos meses de supervivencia en dos rubros: recreación y comida.

Hace más de seis meses que no veo a Analía.
Durante ese tiempo, mis prioridades cambiaron por completo.
Invertí fuerte en la restauración de la coupé para que aprobara la ITV.
Lo logramos el viernes pasado.
Esa prioridad ya puede ser descartada.

También cargué con las inversiones del interiorismo, una obra que duró nueve años —o diez, si cuento el aire acondicionado y su instalación de este año.
Esos gastos también deben despejarse.

Hubo además los gastos eventuales:
el arreglo fallido del inodoro que tendré que rehacer,
los trabajos del electricista,
el termotanque nuevo con su instalación.
Todo eso lo afronté al contado, como vivo desde que alcancé la libertad financiera.
Y me enorgullece.

Pero la consecuencia es clara:
hace meses que no subo las partidas de recreación y comida.
Y esta pena me está diciendo que ya es imperioso hacerlo.

La enseñanza meditativa

Un meditador, ante este alumbramiento, hace tres cosas:

  1. Reconoce la verdad sin dramatizarla.
    La pena no es un enemigo: es un indicador.
    Señala que la etapa de inversión terminó.

  2. Agradece la función de la pena.
    La pena aparece para avisar que la vida austera cumplió su ciclo.
    Que ya no es necesaria como antes.
    Que ahora toca otra cosa.

  3. Reordena las prioridades con suavidad.
    Para agosto, la prioridad número uno será aumentar las partidas de recreación y comida.
    No por capricho, sino porque esta etapa de la vida pide holganza y vida amena,
    no más obras, no más deudas, no más supervivencia.

La pena del bolsillo flaco no vino a castigar.
Vino a enseñar.
Y la enseñanza es simple:
es tiempo de vivir.



martes, 23 de junio de 2026

La microdepresión y el sueño de mamá

 


El hecho
Desde hace semanas despierto en una microdepresión que, según mi psiquiatra Daniel Riquelme, no es un estado continuo sino un descenso breve, químico, que aparece cada mañana. Me despierto a las 8, pero recién logro levantarme cerca de las 10:30. El ánimo se ordena al mediodía, casi siempre después de obligarme a una ducha fría aun con temperaturas cercanas a cero. Regresa a la siesta cuando me voy a dormir y donde termino haciéndolo por lo menos por tres horas más hasta que mejoro otro rato más.
En ese dormitar intermedio, siempre aparece un sueño particular.
Hoy fue este.

Soñé a mamá, Coca García de Alippi. Entraba a una iglesia donde un cura le ofrecía dijes hechos por él, artesanales, para colgarse al cuello. Las monjas la alentaban. Yo, con mi tono enfático de siempre, le decía que fuera a la capilla y tomara la bolsita de paño que yo había dejado como ofrenda minutos antes. Adentro había piedritas semipreciosas. Yo quería que esa madre taurina que era ella aprovechara sus propias piedras, y que al cura solo le pidiera los engarces.

La pena
Me desperté con una sensación extraña: la certeza de que con la única persona con la que pude ejercer un liderazgo limpio fue con ella. No porque me obedeciera, sino porque veía ese liderazgo en mí. Lo reconocía sin miedo.
A veces le daba vergüenza mi modo directivo —como en el sueño, donde daba vueltas antes de ir a buscar la ofrenda—, pero aun así confiaba.
Y esa confianza, hoy, me duele.
Porque desde que me jubilé de Tribunales he tenido que pelear contra quienes creen que practico el “alpedismo”, como si mi vida adulta fuera un desvío y no una elección consciente.

El pliegue
Hace años, en Casa Club Bien Estar, Víctor Becerra—aquel psicólogo— nos enseñó a abandonar la competitividad y a luchar por la competencia, que es con uno mismo.
Hoy entiendo que mamá encarnaba eso sin decirlo: no me pedía competir, me pedía ser.
Y en el sueño, esas piedras semipreciosas eran eso mismo: mis recursos propios, los que ella siempre quiso que yo usara sin pedir permiso.
La iglesia, el cura, las monjas, la ofrenda… todo era un escenario para recordarme que mi liderazgo no es imposición: es dirección interna.
Y que mi microdepresión matinal y vespertina, no son un derrumbe, sino un momento en el que mi sistema baja la guardia y deja pasar estas imágenes que todavía trabajan en mí.

El cierre
Hoy, mientras miro esa Medusa psicodélica del video que dejé abajo, entiendo que mi ánimo también es así: tentacular, cambiante, luminoso y oscuro a la vez.
Y que, como en el sueño, sigo aprendiendo a usar mis propias piedras.



Cuando la materia era mi territorio

Durante años, la materia fue mi escenario natural. No la buscaba: simplemente respondía. Tenía una capacidad innata para materializar lo qu...