martes, 23 de junio de 2026

La microdepresión y el sueño de mamá

 


El hecho
Desde hace semanas despierto en una microdepresión que, según mi psiquiatra Daniel Riquelme, no es un estado continuo sino un descenso breve, químico, que aparece cada mañana. Me despierto a las 8, pero recién logro levantarme cerca de las 10:30. El ánimo se ordena al mediodía, casi siempre después de obligarme a una ducha fría aun con temperaturas cercanas a cero. Regresa a la siesta cuando me voy a dormir y donde termino haciéndolo por lo menos por tres horas más hasta que mejoro otro rato más.
En ese dormitar intermedio, siempre aparece un sueño particular.
Hoy fue este.

Soñé a mamá, Coca García de Alippi. Entraba a una iglesia donde un cura le ofrecía dijes hechos por él, artesanales, para colgarse al cuello. Las monjas la alentaban. Yo, con mi tono enfático de siempre, le decía que fuera a la capilla y tomara la bolsita de paño que yo había dejado como ofrenda minutos antes. Adentro había piedritas semipreciosas. Yo quería que esa madre taurina que era ella aprovechara sus propias piedras, y que al cura solo le pidiera los engarces.

La pena
Me desperté con una sensación extraña: la certeza de que con la única persona con la que pude ejercer un liderazgo limpio fue con ella. No porque me obedeciera, sino porque veía ese liderazgo en mí. Lo reconocía sin miedo.
A veces le daba vergüenza mi modo directivo —como en el sueño, donde daba vueltas antes de ir a buscar la ofrenda—, pero aun así confiaba.
Y esa confianza, hoy, me duele.
Porque desde que me jubilé de Tribunales he tenido que pelear contra quienes creen que practico el “alpedismo”, como si mi vida adulta fuera un desvío y no una elección consciente.

El pliegue
Hace años, en Casa Club Bien Estar, Víctor Becerra—aquel psicólogo— nos enseñó a abandonar la competitividad y a luchar por la competencia, que es con uno mismo.
Hoy entiendo que mamá encarnaba eso sin decirlo: no me pedía competir, me pedía ser.
Y en el sueño, esas piedras semipreciosas eran eso mismo: mis recursos propios, los que ella siempre quiso que yo usara sin pedir permiso.
La iglesia, el cura, las monjas, la ofrenda… todo era un escenario para recordarme que mi liderazgo no es imposición: es dirección interna.
Y que mi microdepresión matinal y vespertina, no son un derrumbe, sino un momento en el que mi sistema baja la guardia y deja pasar estas imágenes que todavía trabajan en mí.

El cierre
Hoy, mientras miro esa Medusa psicodélica del video que dejé abajo, entiendo que mi ánimo también es así: tentacular, cambiante, luminoso y oscuro a la vez.
Y que, como en el sueño, sigo aprendiendo a usar mis propias piedras.



Cuando la materia era mi territorio

Durante años, la materia fue mi escenario natural. No la buscaba: simplemente respondía. Tenía una capacidad innata para materializar lo qu...